martes, 30 de noviembre de 2010

Día ocho: los placeres de la vida.

Los adornos navideños de las calles están ya colocados. Afortunadamente aún no han encendido las luces (algo bueno tenía que tener la crisis, ahorraremos energía eléctrica un par de días más).

Tengo que comprar café. Pero hoy entre pitos y flautas he salido tan tarde de la facultad, que cuando he llegado a la plaza, el pequeño establecimiento que buscaba estaba cerrado.

Me muero de ganas por volver a comprar el café que tengo en mente. Antaño, cuando no miraba tanto por mi economía mensual, me daba el capricho de comprarlo casi siempre allí, porque aunque cuesta el doble que el del Mercadona, el sabor no es el mismo ni de lejos. Café, café. Gloria bendita.

Sigue la lluvia y yo sigo aguantando sin problemas. Veremos a ver cuando se me termine la leche...

Un cordial saludo,

La clienta cafetera.

lunes, 29 de noviembre de 2010

Día siete: el temporal.

Día frío y lluvioso, física y psicológicamente, y no precisamente por el resultado del fútbol (del que acabo de ser informada por mi compañero de piso), que a mí: plín.

Hoy he visitado la farmacia para comprar mi crema contra las patas de gallo que delatan mi edad a los mozos de los pueblos en fiestas, que es muy baratita y mejor que las del Deliplús. Aprovechando la visita me he llevado pasta de dientes. Me ha costado casi lo mismo una cosa que otra, pero tampoco me sorprende, porque una lleva tiempo siendo de hocico sensible y delicado y no me queda otra que gastarme ese pastizal de vez en cuando...

Con la tontería ya llevo un tercio del tiempo marcado...

Un cordial saludo,

La clienta congelada.

Día seis: más de lo mismo.

Los domingos no son días especialmente difíciles si lo que se quiere evitar es comprar en super o hipermercados. Lo normal es que en días como hoy, estos establecimientos permanezcan cerrados.

Mañana nueva semana y nueva etapa, ya que las reservas tienen que empezar a escasear y yo tengo que empezar a buscar dónde comprar los productos básicos, y empezar a hacerme la idea de que todo aquello que no es imprescindible, no merece la pena.

Y es que si por algo se caracterizaban mis compras en Mercadona, era porque siempre salía de allí con una o dos cosas que no tenía previstas pero sin las que no podía vivir una vez localizadas con mi vista en las estanterías.

Puede parecer que lo que me ahorre en productos de esos me lo gastaré pagando un poco más en las tiendas más pequeñas. Las gallinas que entran, por las que salen. Pero pienso que comprando un pelín más caro estoy adquiriendo productos e invirtiendo en salud. Y esto último, no hay dinero que lo pague.

Buen comienzo de semana y un cordial saludo,

La clienta dominguera.

domingo, 28 de noviembre de 2010

Día cinco: sábado sabadete.

Ni todos los días hay cosas que contar, ni todos los días se tienen ganas de escribir.

Sábado de los que me gustan: disfrutar de esos rinconcitos del lugar que me vio nacer (quinientos metros al norte, quitientos metros al oeste), descubrir, sentir e imaginar. Y para terminar el día: peli, palomitas, sofá y manta.

Un día más sin incidencias. Quien quiera pan, que vaya a la panadería.

Un cordial saludo,

La clienta casera.

sábado, 27 de noviembre de 2010

Día cuatro: Día sin compras 2010.


Si ahora mismo saliera a la calle a preguntar a los viandantes (cosa que no haré por las horas, el frío, y que acabo de entrar en casa, básicamente...) sobre cuál es la noticia del día ¿qué nos responderían? ¿Las elecciones en Cataluña? Buen intento, pero no. Sin duda la noticia del día sería, como no, el partido Real Madrid-Barcelona del próximo lunes. Y no seré yo la que critique que nos metan por los ojos noticiones que no lo son, pero para mí, la noticia del día ha sido la que he conocido por casualidad escuchando la radio de camino a casa: hoy se celebra (o ya se ha celebrado) el Día sin compras.

El llamamiento, a nivel mundial, aquí en España ha sido lanzado por Greenpeace y Ecologistas en Acción. Y más que un día sin compras en sentido literal, se fomenta un día de consumo responsable. Vamos, más o menos lo que estoy intentando hacer yo durante estos 21 días.

Durante todo el fin de semana, en determinadas poblaciones españolas se llevarán a cabo actividades y talleres para dar a conocer otras alternativas de consumo. Lástima que donde yo estoy ahora no se haga absolutamente nada. Pero bueno, mi propia alternativa es cambiar el Maxi Día por las Mezquitas y Sinagogas, no para rezar y sí para aprender.

Ya sabéis, si alguno de los que me leéis tenéis la oportunidad de acercaros a participar, o al menos conocer, alguna de estas actividades, que me cuente luego. Yo seguiré intentando rehuir las visitas a los supermercados, como hoy.

Un cordial saludo,

La clienta entusiasmada.

viernes, 26 de noviembre de 2010

Día tres: Madriz fugaz.

Normalmente, cuando una se levanta por la mañana suele tener una ligera idea de lo que le deparará el día en términos generales. Está claro que hay veces que surgen imprevistos o situaciones que hacen que nos vayamos a la cama con una sensación más positiva o más negativa de la que tendríamos si las cosas hubieran seguido su curso natural sin sobresaltos.

Cuando me he levantado esta mañana (no sin esfuerzo, todo sea dicho), esperaba un jueves normal: clases, limpieza, comida, relajación, prácticas, cena y a la cama.

La primera parte del plan se ha desarrollado según lo previsto, sin embargo, a partir de la segunda parte no ha podido llegar a realizarse nada por una de esas pequeñas (o grandes) cosas que se interponen en nuestro camino inesperadamente.

"Cuando está de que no, está de que no". Y hoy estaba de que no, no, no.

Materiales: un compañero de piso bastante confiado, un avión a Amsterdam con salida de Madrid a las 16:30, incompatibilidad de horarios entre trenes y autobuses.

Detonante: un autobús urbano (Línea 1) que se retrasa quince minutos.

Explosión y resultado: el AVE parte sin un compañero de piso bastante confiado y una clienta que sin comerlo ni beberlo tiene que salir como alma que lleva el diablo dirección Madrid a la aventura.

Llevaba yo tiempo con ganas de meterme con el coche por la capital, porque nunca había disfrutado de la experiencia, pero siempre acaba encontrando excusas. Hoy no me ha dado tiempo a pensar ninguna, y si no hubiera sido por las prisas y el no comer, podría haber sido una tarde estupenda de paseo por Madrid. Llegada a la T1 y vuelta para tierras manchegas. Al menos hemos llegado a tiempo.

Con tanto trajín no he tenido tiempo de comprar absolutamente nada. Y ya mañana viernes, que me voy de finde con la familia, no voy a salir a gastarme ni un euro más. Eso sí, pendiente para el lunes: visita a la droguería, y búsqueda de establecimiento donde adquirir bicarbonato.

Y es que esta tarde mi incultura ha salido de nuevo a relucir: ¿Será posible que no sepa dónde se compra el bicarbonato? Se admiten insultos y/o sugerencias...

Un cordial saludo,

La clienta viajera.

jueves, 25 de noviembre de 2010

Día dos: sin novedad.

Dudaba si escribir una entrada o no, ya que hay poco que contar respecto a mi reto. Pero como ésto sólo va a durar 21 días, qué menos que dedicar unas líneas a cada uno de ellos...

Está claro que no todos los días surgen necesidades, y hoy ha sido uno de esos. Mañana del montón y tarde intentando aprender a controlar mi ira (que es muy sensible y con nada se desata) y analizando diversas estrategias para hablar en público (no para iniciarme en el arte de la oratoria, sino para no quedar muy mal el día que me tenga que poner delante del tribunal a defender mi proyecto).

Un día sin sustancia en el que he podido tirar de reservas. La cosa sigue pintando bien, y yo me voy preparando para mi primera visita a una droguería después de sabe dios (si es que existe) cuántos años.

Un cordial saludo,

La clienta de la furia aplacada.

miércoles, 24 de noviembre de 2010

Día uno: Pero... ¿Aquí qué se celebra?

Pasaban las 19:30 de la tarde del martes cuando Laura llegaba a casa como cada día tras una dura jornada laboral. Metía la llave en la cerradura, daba sus dos vueltas correspondientes, y al abrir ligeramente la puerta dos cuerpos saltaban de la oscuridad gritando: "¡¡¡¡OFERTA!!!!". Durante unos segundos ni su cuerpo ni su mente fueron capaces de reaccionar y se quedó inmóvil en un rincón.

Dos horas antes, Patricia y yo llamábamos al timbre de la casa de Laura para cerciorarnos de que no había nadie dentro, y haciendo uso de la copia de las llaves que la propia Laura me proporció meses atrás para casos de emergencia, nos colamos dentro.

Llevábamos semanas planificando la fiesta de las ofertas (emulando el anuncio que todos habréis visto), pero a pesar de eso, había muchos cabos sueltos en cuanto a la organización y, como solemos hacer con los trabajos de la facultad, lo habíamos dejado casi todo para el último momento confiando en nuestro sentido de la improvisación.

Patricia se había encargado de la decoración. Traía una fantástica girnalda de notas musicales, dos bolsas de globos, el juego de ponerle la cola al burro, y el postre divertido cocinado por ella misma. Inflamos y colocamos globos, creamos un fabuloso mantel con las ofertas de eroski, preparamos los sombreros, antifaces y matasuegras, pero... ¿Y la comida principal?

Estaba claro que debía encargarme yo de solucionarlo y se me presentaba el primer dilema moral en mi experimento...

El Mercadona estaba a veinte metros del piso. Simplemente tenía que entrar, comprar patatillas y unos litros de cerveza y volver antes de que Laura saliera del trabajo. Tenía media hora y esa era la solución más sencilla y rápida.

Pero hoy era mi primer día y no podía fallar. Además, como cada vez que empiezo algo, estaba bastante motivada, así que me enfundé la cazadora y salí contrareloj en busca de una tienda de chuches o en su defecto, de "ultramarinos", las típicas tiendas de alimentación de barrio.

No tuve que dar muchas vueltas. Recordaba haber visto una de paso al cajero, así que me dirigí hacia allá y en menos de veinte minutos volvía a casa con patatas, fritos, gusanitos, chuches y dos litros de cerveza (fría!).

Tal vez en Mercadona me hubiera costado algo menos y además no habría tenido que ir tan lejos, pero llevaba tanta prisa que ni siquera me paré a mirar cuánto costaba cada cosa. Pagué, y salí.

En los próximos días iré estudiando y comparando precios. Hoy, me quedo con la satisfacción de saber que sigue habiendo pequeños establecimientos donde acudir en busca de los típicos productos envasados y que no están lejos de casa. No parece que vaya a ser muy complicado superar el reto...

Un cordial saludo,

La clienta estresada.

lunes, 22 de noviembre de 2010

Día cero: la decisión.

De toda la vida tengo entendido que los adornos navideños debían colocarse en las casas allá por el 8 de diciembre, día de la Inmaculada Concepción.

No hay que ser un lince para darse cuenta que de unos años a esta parte, las grandes superficies han ido adelantando poco a poco la decoración y la venta de productos típicos para abarcar más tiempo y ganar más y más y más dinero con la excusa. Pero es que esto ya se está pasando de castaño oscuro...

Hasta el año pasado, si mi memoria no me falla, la cosa se había adelantado tanto, que a finales de septiembre (o principios de octubre) ya vendían turrones y polvorones en los supermercados. Me parecía que tenían una jeta muy grande, pero entendía que lo suyo es hacer negocio y como los dulces me pirran, no me terminaba de molestar.

Este año la cosa ha sido diferente. La moda de Halloween, cada vez más integrada en nuestra sociedad (nos guste más o menos), ha contribuido a que la navidad haya tardado unas semanas más en llegar a las estanterías de las grandes superficies.

Hasta hace tres semanas contemplaba con estupor y alivio a partes iguales que habían sustituido los turrones perrunos de la temporada pasada por adornos de calabazas y chucherías de temática "siniestra". Pero lo de hoy me ha dejado completamente picueta...

Volvía de la facultad con más hambre que un perro chico, así que aprovechando que el Mercadona me pilla de paso y a escasos veinte metros del portal de casa, he pasado a comprar el pan. Cuál ha sido mi sorpresa cuando nada más cruzar las puertas mi oído ha empezado a reconocer una melodía poco acorde con la fecha que marca el calendario. Sí, señoras y señores, estaban sonando los primeros villancicos del año en versión techno-house-pop (que diría mi amiga Eva). Con el estupor floreciendo de mis entrañas, he echado un vistazo rápido a mi alrededor y he comprobado que absolutamente todo el Mercadona estaba adornado con campanitas rojas y hojas verdes al más puro estilo "Navidad en iu-es-ei".

Mi furia asesina no ha tardado en aparecer, y antes de que llegara a la caja con la barra de pan ya iba maldiciendo el ansia viva por vender a toda costa. Cuando salía de allí pocos minutos después, ya lo tenía decidido: iba a luchar por no volver a entrar a un establecimiento decorado navideñamente hasta el día 8 de diciembre, día a partir del cuál, según marca la tradición, ya se pueden poner los adornos y belenes en las casas.

A lo largo de la tarde he seguido reflexionando sobre mi decisión, pensando que no debe ser muy difícil sustituir las medianas y grandes superficies (Mercadona, Día, Eroski...) por las tiendecillas de barrio, las de toda la vida. Puede que tarde más en encontrar algún producto, puede incluso que me cueste un poquito más caro, pero voy a intentar cambiar la comida envasada que sabe a cartón por comida de calidad, productos de la tierra. Voy a intentar contribuir a mejorar el medio ambiente comprando productos que no vienen del otro lado del océano, si no que vienen de las huertas de la provincia.

Hoy he comprado pan en Mercadona, así que hoy debe ser el día cero. La teoría dice que si estás 21 días haciendo algo, ese algo se convierte en hábito. ¿Conseguiré llegar al 14 de diciembre consumiendo responsablemente? Si es así, ¿conseguiré librarme de la dependencia de los super o hipermercados? A partir de mañana: la respuesta por fascículos.

Un cordial saludo,

La clienta espeluznada.